Plan B

the beat goes on!

Cuando regresé de mi último viaje hice un recuento de los trapos en mi guardarropa y me di cuenta de que no tengo ningún brassiere blanco. Bueno, en realidad tengo dos, pero el estado de ambos dos es deplorable. Uno se aguadó horriblemente después de unas lavadas y el resultado es que “se me sube” a la primera de cambios, así que corro el riesgo de enseñar chichi sin darme cuenta. El otro parece más un trapo –la típica garra vieja y fea que usa uno para sacudir y limpiar una vez que una prenda cumplió su ciclo de vida como ropa pero todavía sirve como accesorio de limpieza del hogar– y no la delicada pieza de lencería de una núbil doncella. En breve: ya está muy pinchón. Por ello decidí que el último día de mis vacaciones iría a comprar ropa interior nueva: en particular, un brassiere blanco que no diera lástima o bien un show exhibicionista espontáneo e involuntario.

Cabe mencionar que soy muy, muy, muy quisquillosa, digo, selectiva, a la hora de comprar ropa interior, específicamente brassieres. No estoy yo para decirlo ni ustedes para saberlo (qué rayos, claro que sí), pero mis bras deben cumplir los siguientes requisitos:

  • Cero relleno para aparentar que tengo lo que no tengo. Ugh. No solo es incómodo: es mentirle al mundo y mentirme a mí misma. ¿Como por qué o para qué?
  • Cero encaje. Me pica y qué oso andarse rascando las chichis a cada rato y en cualquier lugar.
  • Cero diseños pirujos. A saber: nada de estampados de cebra, leopardito, etc. o de moñitos, colguijes, appliqués o similares. Ugh.
  • No debe costarme un ojo de la cara. Me gusta usar cosas lindas y no me importa invertir en una buena prenda que me gusta, pero pagar más de 30 libras por un brassiere o un calzón es una ofensa tamaño “qué chingaos le pasa al mundo”.

Usted pensará: “qué vieja tan poco sexy y femenina”. No es eso. Todo lo contrario. Para sentirme chenchual es esencial sentirme cómoda. Y los bras rellenos, con encajitos y demás artilugios son lo más lejano al confort que puedo imaginar. Con un conjunto de algodón, sencillo y cómodo, soy feliz. Y si estoy feliz, estoy cómoda. Y si me siento cómoda, pues…

But I digress. El caso es que debido a todo lo anterior, me resulta muy difícil encontrar ropa interior, pues la inmensa mayoría de quienes se encargan de diseñarla creen que todas las mujeres gustamos de usar armadura y no ropa interior simple y llana. Así que, animada por las cosillas que vi en el sitio web de Gilly Hicks y que cumplían con varios de los requisitos arriba mencionados, decidí probar un lugar nuevo. Craso error.

Llegué a la tienda de Gilly Hicks en Regent Street y entré. Corrección: intenté entrar. No acababa yo de poner una pata en la tienda cuando una señorita muy guapa y con los pies helados (a la pobre la obligan a montar guardia a la entrada de la tienda, ¡con sandalias!, a pesar de que ya casi era noviembre) me dijo que tenía que formarme para entrar. Ahchingá.

Mi primera reacción fue pensar que había escuchado mal. “Sorry, do I have to queue?”, pregunto. Y pues sí: resulta ser que hay que formarse para entrar ya no a comprar, a ver nomás qué hay adentro. Fue cuando me percaté de que hasta tienen un cordoncito de terciopelo mamón a la entrada y toda la cosa. Háganme el chingado favor.

En ese momento debí haberme dado la vuelta y largarme de tan inane lugar, pero no. Debía yo andar en la pendeja porque me quedé. Era la única que tenía que formarse (no había nadie más queriendo entrar a la tienda; seguro esa gente tenía un cerebro funcional), así que suspiré y pensé que en vista de que no había fila para entrar y que no tenía otra cosa mejor que hacer, esperaría al menos unos minutillos. La muchacha a la entrada (la cadenera popis) gentilmente me hizo la plática y hasta me cayó bien. He leído cosas horribles de los modelos, digo, vendedores que trabajan en las tiendas de Abercrombie y similares (Gillly Hicks es parte de ese conglomerado yuppie), así que por su naturalidad y buen rollo hasta me extrañó que una chica así trabajara ahí. Yo tenía entendido que solo contratan a higaditos que se creen supermodelos y que, por consiguiente, creen que cualquiera que no parezca uno es un ser inferior al que hay que tratar, como mínimo, con indiferencia mal disimulada.

Pero bueno, la chica esta era agradable y lo agradecí, sobre todo cuando con una sonrisa me dijo que ya podía entrar y que gracias por esperar. Bueno. Entro al lugar y lo primero que me recibe de golpe es el aroma dulzón de la fragancia de la casa. Han de trapear con la esencia en cuestión, porque todo apesta a su perfumito embriagante. Eso y que la tienda parece más un antro cavernoso y laberíntico, con poquísima iluminación y con música a todo volumen, hacen la experiencia bastante incómoda y desagradable desde un punto de vista sensorial: no llevaba yo cinco minutos ahí y ya me quería salir, me sentía mareada y acalorada. Encima, y a pesar de que hay que formarse para evitar aglomeraciones, los espacios son bastante reducidos, así que uno se la pasa chocando con otras féminas que al igual que uno están en busca de la prenda íntima adecuada, a oscuras y en medio de una atmósfera pesada y asquerosamente dulce, en un lugar que pareciera fue diseñado con el expreso propósito de causarle ataques de claustrofobia a gente perfectamente sana y normal.

Después de dar tumbos por aquí y por allá y de abrir cajones –que es donde los bras están cuidadosamente guardados y perfumados– di con un par de bras que me gustaron. ¡Aleluya! Ahora el problema era que tenía que probármelos (pues bajé de peso, jijiji, y con ello mis bubis cambiaron: otra razón por la que necesitaba un brassiere nuevo). Pero cuando me dijeron que había una cola infernal para entrar a los probadores, llegué al límite de mi paciencia. Así que decidí arriesgarme y comprar lo que a mi parecer era lo que me iba a quedar.

Cada vez más mareada e incómoda, me dirigí a la caja. Cabe mencionar que ir a la caja y encontrarla es otro desafío, pues en Gilly Hicks no hay caja—y si la hay, la tienen pero bien escondida; ¡justo lo que los compradores quieren! Resulta ser que para pagar lo que uno tuvo a bien a encontrar en la penumbra en Gilly Hicks hay que pasar a otra tienda: Hollister. Las dos están conectadas por un pequeño pasillo, decorado con un ridículo y ostentoso candelabro justo en medio del camino. Así es, guadafoc, pero bueno. Yo ya estaba al borde de perder las ganas de vivir, así que me concentré en encontrar la puta caja con la poca fuerza de voluntad que en mí quedaba –el recuerdo del lamentable estado de mi brassieres viejos y feos me impulsaban a continuar con mi peripecia hasta el final.

Unos minutos más tarde descubrí que si Gilly Hicks da claustrofobia, Hollister la exacerba: hay mucha más gente, en particular muchos preadolescentes hiperactivos, sus entumecidos padres y hartos turistas. Pero entre todo ese mar de individuos no hay a quién puñetas preguntarle dónde puñetas paga uno, porque todos los vendedores-modelos están haciéndose pendejos doblando ropa o ligando con las chamaquitas compradoras. Y con la música a todo volumen es imposible tener una conversación, qué digo una conversación, un intercambio de palabras mínimo para aclarar en dónde se forma uno para entregarles su dinero.

Después de subir y bajar escaleras y de deambular por la tienda, completamente drogada con el tufo del perfume y con un dolor de cabeza marca “qué hice para merecer esto”, vi, literalmente, la luz al final del camino: ¡la caja! La única parte de la tienda donde hay más de cinco buenos focos juntos. Dispuesta de la peor manera posible (apenas hay espacio frente al mostrador para formarse) es otro ejemplo de cómo no organizar una tienda. Pero bueno, ya había llegado, ya iba a pagar lo que había venido a buscar y ya iba a salir de ahí, ¿no?

No.

Resulta ser que me formé como cualquier persona y esperé un par de minutos, como lo hace uno cuando espera en una fila. Justo cuando era mi turno para pasar al mostrador una escuincla de unos diez años se saltó la cola –así, olímpicamente– para llegar a la caja. Iba a decirle algo pero en eso vi que no estaba sola, su papá iba con ella. Mi reacción fue que su señor padre iba a decirle algo tipo “Anastasia, la señorita estaba formada antes que tú, espérate”. Es lo que cualquier persona normal y educada haría si ve que su retoño se salta la fila, sobre todo en este país donde formarse y respetar las filas es una costumbre sacrosanta similar al cambio de guardia o inaugurar el parlamento. Qué equivocada estaba. El pendejo y majadero padre vio claramente que me tocaba pagar a mí, pero no le importó. Me dedicó una fugaz mirada tipo “mi hijita hace lo que le da la gana dondequiera que va” y como si nada se pasó delante de mí para pagar lo que su pendeja princesita había escogido. Así de huevos.

No sé si fue el hartazgo, el sopor inducido por el perfume o qué, pero no protesté. ¿De verdad iba yo a pelearme con un señor estúpido y su escuincla malcriada cuando lo que yo quería era pagar y salir de ese infierno tan pronto como fuera posible? No. Eso sí: al señor le eché unos ojos de pistola que espero le hayan dado pesadillas esa noche. Grandísimo hijo de puta.

Total. Esperé unos minutos más y otra caja estuvo disponible. Pasé al mostrador. La chica que me atendío ha de creer que es Adriana Lima o similar porque ni siquiera se dignó a saludarme, mirarme o sonreírme. Y lo peor es que ni siquiera estaba taaaaan guapa (la chica de la entrada, lo que sea de cada quién, estaba bien bonita), pero a esta seguro le han dicho que está pre-cio-sí-si-ma y pues bueno, ha de tener el ego hasta las nubes. En fin. La desagradable transacción tomó apenas unos segundos y lo único bueno que sucedió durante los casi 60 minutos que pasé en ese lugar luciferino es que el contenido de mi bolsa de papel tenía 40% de descuento. Una pequeña recompensa a este inmerecido viacrucis. Me dieron mi bolsa de papel –decorada con un adonis moderno en boxers que de tan estilizado y hermoso es simplemente ridículo– y salí a paso veloz de aquel tugurio. En el camino a la salida me topé con el papá pendejo y su mocosa. Los volví a mirar con desprecio. El tipo le huyó a mi encabronada mirada y se hizo el loco. Le escuché decir que iba a llevar a su maleducada prole a tragar al McDonald’s de enfrente. Ojalá le hayan escupido a tu hamburguesa, patán.

Llegué afuera y aspiré el aire libre de perfume yuppie. El viento frío de la calle, lleno de desechos de combustión, químicos tóxicos y basura me supo a gloria. Podría haber respirado lo que fuera: todo menos la empalagosa fragancia de esa tienda del mal.

Un par de horas más tarde, ya estaba en mi casa, probándome los dos brasieres que acababa de comprar.

Me quedaron muy grandes. Me dieron ganas de llorar. Y no porque mis bubis estén más chicas que antes. Eso me da igual.

Tuve que regresar a Gilly Hicks.

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