Plan B

the beat goes on!

sobre las festividades

Hace un par de semanas, en una de mis visitas al M&S del barrio, me detuve a ver la mercancía de Halloween. Cuánta basura, pensé, refiriéndome no solo a los chocolates, los disfraces, las calabazas y demás porquerías hechas en China, sino a la festividad misma. Luego recordé que una vez que pasara la euforia halloweenesca llegaría la mentada Navidad. Cuánta basura, repetí para mis adentros. Cuánta basura y qué hueva.

Tiempo después me puse a reflexionar sobre el papel de las festividades en mi vida y descubrí que dicho papel es intrascendente. Todas y cada una de las festividades, tanto colectivas como personales, me dan exactamente lo mismo. O lo que es peor, me chocan.

Comencemos con la pinchurrienta Navidad. La he odiado con fiereza durante años. Quizá todo empezó cuando mi señora madre me dijo “Barbarita, tenemos que hablar” y me confesó, muy penosamente, eso sí, que Santa Clós no existía. Ese día se acabó la magia para mí y dejé de ser una niña babosa y crédula. Cuando escuchas el terrible “Santa somos tu papá y yo” tienes que crecer de un chingadazo. Aunque no quieras.

Bueno, ya. Pasé el trago amargo y la desilusión inicial se transformó en indiferencia rozando en desencanto chocoso y fastidio. Hay que celebrar la Navidad porque ni modo de no celebrarla. Hay que visitar a tu familia porque es Navidad. Hay que cumplir con toda una serie de rituales, costumbres, tradiciones porque es Navidad. Los romeritos, la colación, las cañas, ¡lleve, lleve! porque es Navidad. ¿Y si no me da la chingada gana? En verdad: si pudiera saltarme todo el mes de diciembre yo sería inmensamente feliz.  Ni la idea de recibir regalos “porque es Navidad” me entusiasma en lo más mínimo. Ni siquiera tiene que ver con el argumento de muchos de que es una fecha consumista y que está hecha para que los comerciantes y establecimientos registren más ventas en un mes que durante el resto del año. Como si la humanidad no comprara como si el mundo se fuera a acabar los demás días del año, pero bueno. En todo caso, me gusta que la gente me regale algo porque quiere, si quiere, cuando quiere. Y no porque es Navidad. El regalo me sabe a aire. En general, la Navidad es un concepto que no entiendo. ¿Qué coño estamos celebrando, after all? ¿El nacimiento del Hijo de Dios? ¡No me digas! ¿Y yo qué tengo que ver con eso si soy perfectamente atea y no tengo intenciones de cambiarlo? Lo gracioso es que hasta los ateos se emocionan (Ross es uno de ellos). It’s Christmas!, me dice, it’s the best time of the year! Really? I don’t fucking think so. Y cuando le pido, con sincera curiosidad y ganas genuinas no solo de entender la Navidad sino de entrarle (para quitarme la etiquetota de vieja amargada que tengo), que me explique de qué va, ninguno de sus argumentos, teorías y esclarecimientos me deja remotamente satisfecha, ya no digamos convencida. Así que no me queda de otra. Pongo un arbolito en mi sala. Compro regalos. Visitamos a su familia. Como cosas extrañas que ni me gustan y finjo (y muy bien) que me la estoy pasando de maravilla cuando lo que yo quiero es irme a mi casa, ver una peli, pedir una pizza e irme a dormir temprano. En serio.

Pero bueno, sé que mi animadversión por la Navidad no es solo cosa mía: hay mucho grinch suelto por ahí. Pero seguro que todos esperan con ansias alguna fecha especial: mínimo su propio cumpleaños. Yo no. Mis propios onomásticos no solo no me dan exactamente lo mismo, sino que haría cualquier cosa por evitarlos. Este no era el caso cuando vivía en México, pues sabía que mi cumpleaños implicaría ver a mis camaradas y festejar, sin muchos aspavientos ni nada, pero estaría bien acompañada. Desde que vivo del otro lado del Atlántico, en mi cumpleaños me deprimo más que nunca. Quizá porque resiento la lejanía, la distancia y el paso del tiempo más que cualquier otro día. Y siento tanta tristeza que preferiría no tener que cumplir años. Una fecha más en el calendario que me gustaría no tener que vivir.

¿Aniversario de boda? Bah. Siempre tengo problemas para determinar sin titubear o pensar al menos cinco segundos cuándo fue que me casé. ¿Marzo, abril? ¿El veinti… qué? No es que lo olvide por completo. Ross le echa ganas y me sorprende con algún festejo, pero tampoco es que me quite el sueño de la pura ilusión. Si no hiciéramos nada y el día pasara como cualquier otro me daría lo mismo. El amor está ahí un día y al siguiente se va —esa historia me la sé muy bien—, así que para qué ocuparnos en contar su duración, cuando lo importante es aferrarlo cuando lo tenemos enfrente. Hoy te quiero comer a besos. Hoy tengo ganas de tomarte entero. Hoy te compré un pastelito. Porque sí y no porque llevamos I-don’t-fucking-know-how-many-years together. Como si de verdad importara.

Y de las fechas conmemorativas nacionales ni hablemos, sobre todo las mexicanas. Ahí si no hay nada, absolutamente nada qué celebrar. Llámenme traidora a la patria, me importa un puto pepino. Independencia. ¿Cuál? Revolución. ¿Cuál? Vivir del pasado no nos ha hecho una mejor nación. Los Niños Héroes y Zaragoza se pueden ir al diablo; no son más que un montón de cadáveres que sirven para hacernos sentir orgullosos de un pasado que, pésele a quien le pese, no le hace ningún favor al presente. Y las fechas conmemorativas británicas igual. No soy de aquí, así que si las fechas nacionales mexicanas las siento ajenas e irreales, imagínense cuando me hablan de las celebraciones del reinado de la puta Reina. Es como si me pidieran que celebrara el cumpleaños de Blanca Nieves. ¿A honras de qué?

Año Nuevo, Día de Reyes, San Valentín, Día de la Primavera, Natalicio de Benito Juárez, Día de las Madres, del Niño y del Padre, Día de Muertos, Halloween, Navidad, mis cumpleaños, mis aniversarios. ¡Cuánta basura!

Si tan solo la vida fuera un avión dibujado con tiza en el pavimento y que me permitiera saltar de un número a otro y ahorrarme esas fechas que no hacen más que recordarme la futilidad de los rituales y el dolor de estar sin estar…

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