Plan B

the beat goes on!

T.

Desperté en medio de la noche. Afuera llovía con fuerza mientras yo temblaba y sollozaba en la cama. ¿El culpable? El sueño más violento que he tenido en años.

Estaba en casa de mis papás, lista para ir a la escuela. Se me hacía tarde, tardísimo, no encontraba ni el suéter ni los zapatos cafés reglamentarios. Al final, llegar tarde a la escuela y con el uniforme incompleto sería lo de menos.

Al salir de casa y meterme al coche de un brinco (donde me esperaba mi padre, quien me llevaría a la escuela), me di cuenta de que las calles aledañas estaban cerradas. Había patrullas por todos lados, la poca gente que pasaba por ahí corría a intentar refugiarse en algún lado. De pronto, apareció la figura de T. (con “T.” me refiero a una persona que durante mucho tiempo fue muy, muy cercana a mí, alguien a quien quise y admiré muchísimo, pero con la cual, debido a problemas de cierta gravedad, ya no tengo ningún tipo de contacto). La sorpresa se convirtió en terror en dos segundos: T. portaba, furioso, una pistola. Y con ella me apuntaba a mí.

Momentos después, ya no estoy en el auto. Estoy en el parque de enfrente de mi casa, de rodillas en el pasto, junto con otras personas que no conozco. Todos estamos atados de pies y manos. Con una mano, T. me sostiene con fuerza del cuello, con la otra, me apunta a la sien. La pistola plateada con la que me taladra el temporal centellea con el sol de la mañana que se cuela entre los árboles. T. me grita y me amenaza, me dice que no intente liberarme ni hacer nada por ayudar a los demás. Un sentimiento de impotencia se desploma sobre mí como un martillo. Me duele ver a otras personas sufriendo por lo que, asumo, es mi culpa: la cólera de T., con o sin razón, es conmigo, y sin embargo, está haciéndole daño a un montón de gente que ni sabe quién es ni conoce sus/nuestros problemas. En el sueño no estoy llorando, pero fuera de él las lágrimas ya empezaban a mojar la almohada.

T. me dice que me va a probar que es capaz de todo. Que puede herir y matar sin sentir ningún tipo de remordimiento. Soltándome, salta hacia otro de los rehenes anónimos. Saca una navaja suiza de color rojo y, sin más, con ella le arranca varias tiras de piel y carne del brazo. Y después se las lleva a la boca. Las mastica, una por una, sin dejar de mostrarme una siniestra sonrisa encarnada. No hay un solo sonido. Sólo la mueca perversa de T.

Desperté temblando como nunca. El sueño fue tan real, tan vívido, que por varios segundos no supe en dónde me encontraba. Me desconcertó la oscuridad del cuarto, el silencio de la madrugada. Lo primero que se me vino a la mente fue mi familia: ¿dónde están mis papás, dónde está Diana? Están en peligro, T. seguro va a buscarlos. Y ya vi que sí, es capaz de todo. Quiero saltar de la cama, correr al teléfono, llamar a casa, asegurarme de que todos están bien. No puedo levantarme. Llorando y muerta de miedo, sólo atino a embarrarme en Ross. Le busco una mano, la tomo desesperada. Empiezo a recobrar el sentido. Todo fue un horripilante sueño. “Abrázame, ¡abrázame!“, le digo cuando se despereza un poco. “Acabo de soñar la cosa más espantosa…” Ross acomoda mi cabeza sobre su pecho. Ya no tiemblo, pero las lágrimas no se detienen. Ya entendí que todo fue una pesadilla -Ross está conmigo, mi familia está bien, T. está lejos de ellos, de mí- pero no puedo parar de llorar. El miedo seguía ahí, a pesar de haber sido producto de una broma en exceso pesada que me jugó el subconsciente. De nuevo las tenazas invisibles me estrujaron el estómago y también el corazón.

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