Plan B

the beat goes on!

Así transcurre el verano

A manera de experimento y con el fin de velar por el presupuesto familiar, hace unos días Ross y yo decidimos hacer la compra mensual en un súper diferente: Aldi, una tienda de descuento alemana conocida por ser mucho más barata que otras cadenas. Y sí, nos ahorramos una buena suma, pero la experiencia en general fue como hacer las compras en un súper posapocalíptico o en un localucho de la Unión Soviética en tiempos de Stalin: carestía casi total y escasa variedad (lo de menos es que no haya muchas marcas, ya íbamos preparados para eso; la cosa es que casi no hay de dónde escoger de lo que sea… ¿pan integral o pan integral, jugo de naranja o jugo de naranja?); además, el edificio es espantoso por fuera y por dentro todavía es peor. La iluminación es algo deficiente, y el viejito del silbidito patético e incesante que parecía seguirnos por toda la tienda y el clima de aquel día (nublado con ventarrones tipo “se acerca el fin del mundo”) poco ayudaron a mejorar la experiencia. Para aumentar la atmósfera de dictadura implacable, hasta el pinche carrito tiene que acomodarse de forma específica y per-fec-ta junto a la caja, y si no lo haces bien la cajera, como no te puede agarrar a macanazos, sí que te hace caras, te regaña y hasta se levanta de su lugar para enseñarte, pedazo de comprador incompetente y rebelde, cómo hacerlo bien y de acuerdo al reglamento. Por si fuera poco, no aceptaron mi tarjeta ¡de crédito! “por ser extranjera” (la tarjeta, no yo, ¿xenofobia bancaria, acaso?) y no tener el cochino chip tan popular aquí (pero jamás obligatorio), cosa que resultó en bochorno total en la caja, frente a una fila de unos cinco compradores metiches. Afortunadamente Rossendo traía efectivo encima y así pudimos salir de aquel pavoroso lugar con un poco de decoro. Sobra decir que salí de ahí deprimida y enojada. No obstante (y me pesa casi decirlo) las carnes frías, los pains au chocolat (o como sea que se llamen en español) y los canelones congelados me harán regresar (algo bueno tenía que salir de todo esto) con buena disposición, eso sí, no sin antes hacer parada en un cajero. ¡Maldito seas, miserable Aldi!

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Ah, pero qué alegría siento con los eventos deportivos internacionales. Eurocopa, Copa Mundial, Juegos Olímpicos. No pude ver la ceremonia de apertura completa, pero sí que me eché el laaargo desfile de las delegaciones deportivas. Los mariachis en vivo hallaron eco en mi corazón y una vena nacionalista que rara vez siento palpitar me hizo llorar de emoción y melancolía. Mariachis en Beijing, sailorblur en Plymouth, pedazos de su corazón regados por todo el mundo. Suspiro. Con paciencia aguardé casi dos horas a que saliera la delegación mexicana todo para que los weyes de la transmisión los enfocaran cinco segundos y luego pasaran a una toma aérea del estadio. Grrr.

Este tipo de eventos me transportan a un mundo (perfectamente) inexistente y utópico en el que todo está bien. No hay guerras, no hay atropellos, no hay vejaciones, no hay tiros, no hay refugiados, no hay sangre derramada. Es una niñería rayando en cursilería y pendejez, al grado de que a veces siento vergüenza por pensar estas cosas. Pero me gusta imaginar que a veces este tipo de eventos nos pueden hacer olvidar rencillas y conflictos, al menos durante unas cuantas semanas. One world, one dream.

Es triste pensar que posiblemente recordaremos estos Juegos Olímpicos como un evento empañado de politiquería. Sí, seguro que hay violaciones de derechos humanos y represión en China, pero carajo, las hay en todos lados. Con esto no estoy diciendo que no haya que hacer caso a los serios problemas en China, pero yo tenía la idea de que los Juegos Olímpicos son (o deberían) ser como una breve tregua entre tanto conflicto internacional: después de todo, habrá otras 50 semanas para que nos demos en la madre en todo tipo de arenas, políticas y de las otras. Detesto que todo el mundo se esté dedicando a criticar, reprobar y señalar (al menos en UK) los puntos negativos del evento y del país anfitrión con tanta saña, tan poca objetividad y una actitud condescendiente, como si los mismos que critican, reprueban y señalan fueran modelos de perfección, justicia e igualdad. Pura hipocresía. El pendejete de Gordon Brown se negó a ir a la ceremonia de inauguración a modo de boicot contra la política totalitaria de China, pero por otro lado le lame las botas sin vergüenza ni reparo al terrorista con dos neuronas que es Bush, como si sus gobiernuchos-que por muy liberales no dejan de ser injustos y represivos, aunque con otros métodos-no cometieran atrocidades en Guantánamo, Afganistán e Irak (por mencionar sólo algunos casos). ¿Está seguro de que otros. o incluso usted mismo, no se portan tan mal como los chinos en el Tibet, Míster Brown?

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Hace un par de noches no podía dormir. Estaba acostadita en mi cama, estrenando edredón y toda la cosa, calientita y cómoda; la habitación era como de terciopelo negro y afuera llovía sabroso. Ross dormía sin roncar y Peluchín ya estaba quietecito en su cajón antes de la media noche. Vaya, que no podía yo estar mejor. Pero el sueño no llegaba, así que recurrí al iPod para poder relajarme y cerrar los ojos, poquito a poco. Como siempre que hago esto, el resultado fue el opuesto: lejos de dormirme, me espabilé todavía más (no hay nada como escuchar música de noche y en la cama para aguzar los sentidos), esta vez por el hecho de que iSobel escogió canciones ideales para esa noche. Qué bonito se siente cuando el iPod nos ofrece estos regalitos inusitados. Una playlist no me saldría así de buena si me dedicara a ella con plena conciencia; sin embargo es perfecta cuando se la dejo al azar:

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Hoy debí haber salido con mi cámara. La tarde fue inesperadamente linda y Beaumont Park lucía verde, suave y radiante, con las cúpulas rosadas, las colinas y los acantilados llenos de sol en el fondo. La vista aligeró la carga que traía en los hombros (cuatro bolsas de súper) y en el corazón.

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