Plan B

the beat goes on!

Surtido rico

Debido a que la carga de trabajo me obligó a abandonar el blog durante casi un mes, hoy escribiré de tocho un poco, de ahí lo de “surtido rico”.

Bien, comencemos con una fotito:

Iba a dedicarle un post exclusivo a esta foto (titulada “De por qué los pagos quincenales son mejores”) que tomé el 8 de julio, en la que se exhibe el penoso y lamentable estado de mi refrigerador. ¿La causa? La de siempre: mi jefe me paga tarde. SIEMPRE. En teoría, mi pago debe aparecer en mi cuenta bancaria entre los días 1 y 5 de cada mes, pero usualmente viene apareciendo varios días más tarde. Y cuando se atraviesa un fin de semana o día festivo, pior (tal parece que es mi deber esperar el pago el tiempo que sea necesario, porque él no puede anticipar estas cosas… ¡es tan complicado saber cuándo operan los bancos y cuándo no!). Puedo contar con los dedos de una mano las veces que he recibido mi pago puntualmente sin tener que corretear a mi jefe para que haga el depósito–y llevo más de tres años trabajando para él. Hace unos meses tuve la osadía de reclamar, y lejos de recibir una disculpa (después de todo, es su obligación pagarme a tiempo, tanto como la mía es hacer bien mi trabajo), fui blanco de una serie de excusas absurdas y por demás ridículas. Yo sólo pregunto: ¿es mucho pedir que le paguen a uno a tiempo y dentro del marco estipulado por el propio empleador (suspiro)? Eeeeen fin, volvamos a mi refrigeradorcito. Debido a que mi pago no estuvo listo sino hasta el día 9 de julio (¡¡¡nueve de julio!!!), no pude hacer la compra que necesitábamos con tanta urgencia. Como podrán notar en la foto, sólo nos quedaba leche, mantequilla, huevos, una lata de aceitunas y salsas y aderezos varios. Ah, y dos limones y la comida del gato. Nosotros podíamos morir de hambre, pero Peluchín seguiría comiendo como rey (lechita y atuncito para el nene).

Definitivamente, los pagos quincenales–o en su defecto, los realizados puntualmente–son mejores. No es lo mismo gozar de la seguridad financiera derivada de dos pagos al mes que (tratar de) hacer rendir mi sueldo en pesitos durante cuatro largas y penosas semanas.

**********

Y hablando de Peluchín, este mes el pobre sufrió de ácaros (¡horror!) en las orejas. De hecho, ya los traía desde que lo compramos (al parecer la mamá se los pasó), pero la criadora no lo sabía y el veterinario no se dio cuenta tampoco. Yo sospeché que algo andaba mal porque se rascaba demasiado y casi con furia, pero Rossendo estaba seguro de que sólo estaba siendo una madre paranoica. Será el sereno, pero Peluchín tenía bichos en las orejas y si no se lo comento al veterinario el pobre seguiría sufriendo de ataques de comezón loca (¡una buena madre nunca se equivoca!). Total, le recetaron unas gotas apestosillas que tuve que ponerle dos veces al día durante una semana (agarrarlo para que se dejara era todo un chou) y afortunadamente sus orejas ya están limpiecitas y libres de parásitos malignos. Por otra parte, Peluchín ya es libre de andar por la casa y pasar la noche donde quiera. A veces se duerme en un huequito de la almohada de alguno de nosotros, y otras se acomoda resabroso en el otrora cajón de calcetines de Ross, quien antes de quitarle su lugar al gato le encontró cabida a sus calcetines en otro cajón:

¡La pura sabrosura!

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En temas más serios, el día 10 ocurrió algo perturbador. Me encontraba yo trabajando en silencio en la sala (por alguna extraña razón, no estaba escuchando música) cuando escuché ruidos “raritos” en la cocina (la cual tiene una puerta que da al patio trasero, que a su vez tiene otra puerta que da al callejón de servicio). Por unos instantes no les hice caso, consideré que podrían venir del piso de abajo. Pero casi de inmediato se escucharon un poco más fuertes y cercanos. Cuchicheos, susurros, pasos muy silenciosos. Eso ya no lo consideré normal, así que me levanté del escritorio y me dirigí a la cocina. Todavía no llegaba hasta ahí cuando vi que la puerta que da al patio estaba abierta–lo primero que pensé era que el viento la habría abierto. Me acerco un poco más, entro a la cocina. Y cuál va siendo mi sorpresa cuando me topo con un chico que está metido en mi cocina, apenas a unos pasos de la puerta. En cuanto me vio retrocedió, entre sorprendido, asustado y perplejo. Yo sólo atiné a poner cara de furia y a preguntarle qué diablos creía que hacía en mi casa, mientras me acercaba a él para correrlo y cerrar la puerta. Cuando él ya estaba afuera, vi que no iba solo: un chico más ya salía por la puerta de servicio; seguramente estaba esperando que el primero le indicara que la casa estaba vacía para entrar también. Una vez en el callejón, se fueron caminando como si nada, y aunque no se les veía asustados, sí que estaban nerviosos… supongo pensaron que la casa estaba vacía y que podrían robar a placer.

En cuanto se fueron me aseguré de que la puerta estuviera cerrada con llave; cuando lo hice fue cuando me di cuenta de que estaba temblando entera. Ciertamente no me pasó nada, pero la cabeza se me llenó de suposiciones y “qué tal sis”, tales como que si esos dos hubieran sido más expertos o menos cobardes podrían haberme hecho lo que les viniera en gana–eran dos tipos bastante más altos y fuertes que yo, y estaba completamente sola. Me entró un pánico completamente desconocido y me puse a llorar. De miedo.

Como pude le marqué a Ross, quien se encargó de llamar a la policía. Él llegó en 20 minutos, la policía en 30. Lo que siguió fueron tres horas de declaraciones, interrogatorios, descripciones de los raterillos y hasta un estudio forense para ver si había huellas en la manija de la puerta (¡CSI Plymouth y toda la cocha!). Al final del día me llamó un oficial para decirme que no había huellas y que tampoco había manera de darle seguimiento a lo que había pasado por ser la evidencia tan escasa. En realidad no esperaba gran cosa, pero que haya habido una conclusión sobre lo sucedido en menos de 24 horas es de admirarse, sobre todo cuando se viene de un país en donde no tenemos la costumbre de denunciar nada, simplemente porque sabemos que no va a pasar nada y que sólo nos vamos a complicar la existencia con trámites, burocracia y mordidas.

Un par de días después del incidente, Ross tuvo que salir de viaje y yo lo pasé fatal. Como volver a tener cinco años y tenerle miedo a la oscuridad y a estar sola en casa. Cualquier ruido me retorcía el estómago y sólo ver la puerta de la cocina me daba horror. Y aunque esas reacciones ya desaparecieron, lo que sí no se ha ido de mi mente es la sensación de no estar segura en mi propia casa. Viniendo de donde vengo, jamás se me ocurrió que tendría que vivir uno de estos incidentes en la quietud de Plymouth, una ciudad conocida por su bajo índice de criminalidad y donde todos dejamos (dejábamos) las puertas sin echar llave, aun de noche. Aquí también… ¿o creías que estaba(s) lejos?

Sin duda con esto he experimentado con las meras tripas una sensación que, creo, la vida moderna nos ha hecho olvidar o al menos dejar relegada en un rincón empolvado de nuestro cerebro: miedo en su más pura expresión, miedo del que te pone a temblar y a llorar sin control. Un par de tenazas invisibles que te estrujan el estómago y te hacen sudar, tener pesadillas y ver cosas donde no las hay. Miedo puro.

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Pasando a notas mucho más alegres y coloridas, quiero expresar públicamente la obsesión que estoy sintiendo por el trabajo de Hayao Miyazaki en general y Mi Vecino Totoro (Tonari no Totoro) en particular (¡me está volviendo la faceta otaku!). Me he comprado cartera y bolsito nuevos de Totoro (¡msí!), así como el DVD. Vi la peli y lloré como una escuincla de 8 años y no precisamente porque sea una película triste (todo lo contrario), sino porque es una chulada que me enterneció hasta el tuétano. Así que ahí me tienen, haciendo pucheros primero y luego soltando unos lagrimones que hacía mucho no soltaba con una película. ¿El único “pero”? ¡Que los totoros y el Gatobús salgan tan poco! ¡Los quiero en más escenas!

El mes que entra me haré de Nausicä of the Valley of the Wind, y en estos días estaré viendo Neon Genesis Evangelion, algo que comencé a hacer hace como cinco años cuando iba a mis clases de japonés pero que dejé por mis múltiples ocupaciones (a saber, servicio social y tesis). Justamente fue por esa época por la que fui dejando mi faceta otaku, acaso para retomarla cuando me compraba algún manga de Chobits. Pero no pasaba de ahí. Ahora está renaciendo, estoy buscando retomar el japonés en Plymouth (espero encontrar escuelita), tengo ya un buen número de recetas de comida japonesa (falta encontrar los ingredientes en esta ciudad que la modernidad olvidó) y otra vez me están entrando unas ganas indecentes de ir a Japón. ¿Pero cómo no ir cuando se pueden ver cosas tan lindas como esta?:

¡Pastelitos de Totoro! Di con ellos en el excelente Studio Ghibli Weblog, gracias al cual no me perderé ninguna noticia sobre los andares de Miyazaki, entre los cuales, por cierto, se encuentra su nueva película, Gake no Ue no Ponyo. Otra peli que pinta ser una delicia y que espero poder ver en cine. Suspiro.

**********

Por últimoooooo (me pregunto si en este punto alguien seguirá leyendo esto), mi último descubrimiento mágico-musical: Air France. Un maravilloso grupo sueco (¡tenía que ser!) cuyos ritmos synthpoperos hicieron la delicia de muchas de mis noches en vela. Esta es la suave y cálida “June Evenings”, el punto cumbre de su excelente EP No Way Down:

Fiuuuuu. Creo que ya es todo. Un merecidísimo agradecimiento a quien haya leído todo esto. De verdad. Tan tán.

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5 responses to “Surtido rico

  1. Diana July 23, 2008 at 9:52 pm

    Es una pena presenciar a los bellos forenses por tal atrevimiento! Pinches junkies!
    Peluchín es un primooor!
    Tomaré en cuenta la recomendación musical!

  2. Kero Chan July 23, 2008 at 11:24 pm

    Es cierto uno cree que nada más en México pasan estas cosas del hurto pero ya vemos que no y que bueno que los pusiste a trabajar si es tan tranquilo como dices que es.
    De Air France pásame más rolas no?? y tu refri se parece al mío nunca hay nada pero lo que nunca falta es el Hielo pa los drinks y las chelas!!

    See ya

  3. tio October 21, 2008 at 9:09 pm

    hablando de anime
    no haz visto la tumba d las luciernagas de Isao Takahata??
    sta mui buena!! jajaja
    o la de Howl’s Moving Castle es creo del mismo tipo

  4. sailorblur October 28, 2008 at 7:11 pm

    @tio:

    Vi “La Tumba de las Luciérnagas” justamente el sábado pasado. Tenía muchas ganas de verla desde hacía mucho, la iba a comprar y todo pero el canal de películas me hizo el favor de ahorrarme el gasto (al menos momentáneamente). Me encantó, y como era de esperarse, fue un verdadero sob fest. Es tan hermosa como trágica…

    “Howl’s Moving Castle” la vi hace unos meses; me gustó aunque me dejó bastante perpleja; creo que necesito verla otra vez, pero primero pienso leer el libro en el que se basó Hayao Miyazaki (no Takahata) para hacer su peli. He leído muy buenas críticas de la novela y supongo que también me ayudará a entender más la película. En fin, ¡que soy fan de todo lo que saque Studio Ghibli!

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