Plan B

the beat goes on!

For a minute there I lost myself

Miércoles 25 de junio, el día R.

05:30 hrs.

Me despierto sin haber descansado mucho. Tengo mucho sueño, pero escucho al gato maullando en la sala, lo que significa que le suenan las tripas y que quiere el desayuno, así que me levanto, todavía adormilada y con el camisón enredado en el cuerpo, para darle su ración matutina de Whiskas de sardina.

06:00 hrs.

Ross sale de la regadera y me pasa la estafeta. Abro deliberadamente la llave del agua fría para sacurdirme la modorra. Como siempre, esta táctica me inyecta vigor y uno que otro calambre. Pero funciona.

06:45 hrs.

Desayuno un par de kiwis. Uno ya está medio rancio (pasó demasiado tiempo en el fondo del frutero), así que sólo me como la mitad.

07:00 hrs.

Salgo del departamento rumbo a Royal Parade para tomar el Megabus que va a Londres. Hace frío, está cayendo un poco de chipi chipi y considero regresar a casa para cambiar mi chamarra de mezclilla por otra más gruesa. Recordé que en el sitio del clima de la BBC decía que íbamos a estar a 22 grados… y que también se esperaban lluvias esporádicas a lo largo del día. Pinche clima inglés. Para cuando pienso esto ya voy a más de la mitad del camino y obviamente me da mucha hueva regresar a casa para el cambio de vestuario.

07:45 hrs.

El bus sale puntualmente de Plymouth. Prácticamente todos los pasajeros vamos a Londres con el mismo objetivo: el concierto de Radiohead en Victoria Park. Una fulana, acompañada de cuatro amigos, va emocionadísima un par de asientos atrás del mío, grita y habla en voz alta todo el tiempo. Creo escuchar que es su cumpleaños y que el concierto es el mejor regalo de su vida y bla bla bla. Sí cariño, qué bueno y qué bonito, felicidades. Pero bájale a tu fiesta.

09:00 hrs.

El autobús para en Exeter. Se suben más asistentes al concierto más un par de viejitas que seguro van a visitar a sus nietecitos en la gran ciudá. La fulana del cumpleaños sigue gritando y comunicando su euforia a todo pulmón, lo que me impide dormir un poco. Eso y los putos asientos del autobús. Los diseñadores poco saben de la relevancia que tiene la ergonomía en estos vehículos, y más cuando se viaja en ellos durante más de cinco puñeteras horas seguidas. Pero bueno, supongo que por eso Megabus cuesta sólo 24.50 libras. Ahora sí el autobús va lleno. Yo no quería que nadie se sentara junto a mí (pa estiraaarme mejooooor), pero una fulana (a la que, por cierto, casi deja el camión) le hizo ojitos al asiento junto al mío desde que se trepó al bus. Maldición.

13:15 hrs.

Arribo a la ciudad de Londres, con la que he concluido oficialmente que he desarrollado una relación amor-odio que no logro comprender. No soporto el ruido, a los turistas, las calles sucias y atiborradas, los pinches precios por las nubes, la imprevisibilidad del clima. ¿Cómo diantres viví aquí un año, tan ridículamente feliz y tranquila, sin querer estar en ningún otro lugar? En ese entonces (hace cuatro años), se me venían a la mente miles de respuestas, claras e instantáneas, para esta pregunta. Ahora no tengo la más puñetera idea de por qué me gustaba tanto, o, peor aún, de si en verdad me gustaría volver a vivir aquí. Claro que Londres es un millón de veces mejor que Plymouth, pero ¿es Londres el lugar donde verdaderamente quiero establecerme y echar raíces (que buena falta me hace)? Yo ya no sé nada. Me siento como una frágil y ridícula stick figure dibujada justo en medio de una inmensa hoja en blanco. Me empieza a doler la cabeza y tengo sed, por lo que voy a un Pret-A-Manger por algo de tomar. Decido comprar un jugo que, por muy naturalito que sea, sabe a madres (¡qué manera tan pendeja de tirar 1.25 libras a la basura… es la primera vez en mi vida que Pret me decepciona!) y, lo que es peor, no me quita la sed ni tantito. Ni modos.

13:45 hrs.

Después de la fila infernal para comprar mi Travelcard, abordo el bus 73 (¡ah, tantos recuerdos!). Antes de ir al concierto quiero darme una vuelta por Oxford Street–no sé como para qué, sólo traigo 5 libras encima y ese es todo mi presupuesto para día y medio en una de las ciudades más caras del universo. Grrr.

14:42 hrs.

Salgo de Topshop con el dolor de cabeza de hace un par de horas intensificado. Veo a la gente que compra y compra y compra y, aunque la envidio un poco (qué más que la verdad, hay cosas muy lindas que me gustaría adquirir, cómo no), hay algo en todo ese circo de consumismo que me da asco. Ignoro si es el consumismo idiota por sí solo o combinado con las hordas de gente peléandose por ropa horrible en tiendas desordenadas, el tráfico de las dos de la tarde, el calor agobiante, el aire enrarecido en la estrecha Oxford Street, el sonido ronco de los carros y los autobuses, los móviles chillando por todos lados, la pinche sed que tengo (estúpido juguito aquel), la inmensa soledad que siento en medio del hormiguero al que estúpidamente me fui a meter. En Urban Outfitters encuentro una camiseta de Radiohead de 32 libras (juat?!). No está tan chida y un vil trapo de cocina es más grueso. Un asalto en despoblado, diría mi padre. Suspiro impaciente y, sin otra cosa qué hacer, me meto a la estación del tube (quizá más para huir de todo el desmadre de la superficie que por llegar temprano al concierto) para ir a Victoria Park.

15:30 hrs.

Salgo de la estación de Mile End y me acuerdo de la canción del mismo nombre de Pulp que sale en la peli de Trainspotting. ¡Qué enamorada estaba de Inglaterra es aquellas épocas! Quiero esa infatuación de vuelta.

15:42 hrs.

Llego a Victoria Park, en donde ya hay un muy buen número de gente esperando que se abran las puertas de la arena. Matan el tiempo comprando mercancía oficial (buu, yo quería un juego de botones de 5 libras, pero recordemos que esa es la suma que traigo para toda mi estancia), bebiendo agua o sorbiendo helados. Yo necesito cafeína urgentemente, así que me chuto una Coca-Cola en tres minutos (tiempo récord dada la lentitud con la que tomo lo que sea), justo a tiempo para entrar al área del parque en donde se celebrará el toquín.

16:00 hrs.

Con puntualidad ora sí que inglesa se abren las puertas y nos dejan pasar. El proceso es rápido y eficiente, y en menos de cinco minutos yo ya estoy sentada en un muy buen lugarcito. El recinto está perfectamente bien surtido con puestos de todo, desde agua, cerveza y cigarros, hasta carritos de jochos y hamburguesas, pizzas, sopas vegetarianas, comida orgánica, smoothies naturales, pollo frito, cocina india y china, y hasta un mini restaurante techado con mesitas y sombrillas en el que se vende champaña fina. Estos ingleses saben perfectamente cómo hacer estas cosas con estilo, carajo.

16:57 hrs.

Comienzo a arrepentirme de haber llegado tan temprano. El sol está pegando duro, no tengo dinero para comprarme nada (¡¡¡buaaaa!!!) y, aún si lo tuviera, no tengo a nadie conmigo para que me aparte mi lugar. Otro suspiro. Aunque este tipo de eventos me encantan, asistir a ellos sola siempre es medio deprimente. Claro, sería mucho peor no estar aquí, pero se me estrujan los ventrículos cuando veo a los grupitos de amigos cotorreando o a las parejitas disfrutando el momento. Estas cosas deben compartirse, no son para vivirse sola. No sólo es compartir la ocasión y la música: en términos más prácticos, con compañía la espera de horas es, si no más corta, al menos más llevadera. ¿A cuántos conciertos he ido como vil hongo? Chale, un montón. Buaaa.

18 y tantas

Empiezo a perder la cuenta de las horas que llevo aquí. Como no se me ocurrió meter un libro en mi mochila (si seré, si seré), me pongo a matar el tiempo como puedo. Me busco orzuela en las puntas del cabello, cuento las tres libras en mi monedero una y otra vez (ja, como si eso fuera a multiplicarlas), fisgoneo a la gente a mi alrededor (hay un chico muy guapo junto a mí; además de guapo es inteligente pues él si cargó con material de lectura, Animal Farm) y me percato de que a mi alrededor hay (además de un chingo de ingleses, por supuesto) un brasileño acompañado de una sudafricana, una pareja de polacos, una de japoneses, dos italianos, un crítico de algún periódico, un padre de familia con su hijo menor de 18. No sólo hay chavitos o gente de mi edad, hay de tocho. Ese es el alcance de esa garra potente que es la música de Radiohead.

Natasha Khan y su grupo aparecen en el escenario a una hora que no recuerdo (de hecho, a partir de aquí dejé de registrar las horas para hacer la espera menos pesada. Y también porque me dio hueva). Me extraña que la mayoría de la gente no sepa quién es Bat For Lashes, si bien no es totalmente mainstream, recibió una buena cantidad de atención de muchos medios por Fur and Gold. Anyway. Fue interesante verla otra vez, con banda y material nuevos. La calidad de su música es innegable, pero quizá la atmósfera que crea con ella no es la indicada para una ocasión como esta–el estilo dramático y etéreo de Bat For Lashes no acaba de encajar en la tarde soleada, el ambiente animado, la expectación de lo que está por venir. Aún así, al final de la presentación la misma Natasha da las gracias al público que la escuchó, si no con atención, al menos en silencio y sin interrupciones.

Unas horas (que me parecieron lustros) después, la música de fondo desaparece. La hora que había venido esperando desde las 5:30 de la mañana por fin ha llegado. El escenario se ilumina. La gente aplaude, chifla y grita. Hay cámaras y móviles por doquier. Los ventrículos que horas antes se estrujaron a razón de mi soledad, ahora bombean sangre alocados. Radiohead sale al escenario. Momentos más tarde, con los primeros acordes de “Reckoner”, comenzaría uno de los mejores conciertos de mi existencia.

Veinticinco canciones en total, dos encores, slam con “The National Anthem”, “Idioteque” (¡pude haber muerto, pude haber muerto!), “The Bends” y “My Iron Lung” (varios recuerdos de la secundaria se me agolpan entre las sienes; The Bends fue el primer disco que compré con el primer sueldo de mi vida). “Everything In Its Right Place” sonó un millón de veces mejor que en el disco, fue como redescubrir la rola. “No Surprises” hizo estremecerme desde la punta del cabello hasta las uñas de los pies; cuando menos me di cuenta, había lágrimas en mis ojos. No canté; me dediqué a escuchar esa voz melancólica y esos acordes suaves, me entregué por completo a la labor de escuchar ese dulce y maravilloso arrullo. Con “Karma Police” me llevo lo que fue para mí la parte más intensa del concierto–al final de la canción, la banda desapareció del escenario mientras todos coreamos “For a minute there, I lost myself, I lost myself…”. Ya es de noche, la atmósfera es inmejorable, Radiohead ya tiene al público bajo su control absoluto. Es uno de esos momentos que sé que recordaré toda mi vida–la tonalidad del cielo, la temperatura del aire, las miles de voces resonando en mis oídos–, un pedacito de historia del rock. Llega el inevitable fin del concierto con “Paranoid Android”–qué puedo decir, un cierre apoteósico que igual quedará grabado en mi mente con luces multicolor. De nuevo mil recuerdos se me vienen a la cabeza: mis 16 años convirtiéndose en 17, OK Computer como regalo de cumpleaños, la locura del primer año de preparatoria con 15 materias, mi primer novio y nuestros encuentros a escondidas. Hay gente que dice que creció con la música de los Beatles, yo crecí, de muchas y variadas formas, con la de Radiohead, así sin más.

22:25 hrs.

Vuelvo a la realidad del tiempo y el espacio en el que estoy. Tengo que correr a la estación del tube para no llegar muy tarde a casa de Manu, quien me dará alojamiento esta noche. Sólo cuando salgo del parque me doy cuenta de la cantidad de gente que asistió al concierto. Somos un chingamadral. Por consiguiente, los 10 minutos que usualmente toman llegar a Mile End se convierten en casi una hora. Al llegar a la estación, la policía coordina la entrada; no hay abasto para tantísima gente. Antes de la media noche logro subirme a un atiborrado vagón. Ahí me doy cuenta del cansancio que traigo encima: casi 24 horas sin parar.

00:05 hrs.

Salgo de la estación de Archway; al doblar la esquina en Hargrove Road veo un par de carteles de In Rainbows. Me detengo unos momentos. Sólo hasta ese instante caigo en la cuenta de la clase de día que tuve. Radiohead en vivo, Radiohead contigo. Aspiro el aire fresco de la noche y sonrío satisfecha y feliz, aunque también con la sensación agridulce de quien comienza a ver la vida con ojos distintos.

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5 responses to “For a minute there I lost myself

  1. Diana June 29, 2008 at 3:35 am

    La envidia me corroe y no me da ni tantita pena admitirlo. Una gran reseña, desde la entrega de la estafeta hasta el último trago amargo. Me hizo recordar muchas cosas y añorar otras, entre ellas, Radiohead.

  2. Miguel June 30, 2008 at 6:03 am

    Aunque le tiraste mucha popó a Londres con cada detalle que lo describiste, me dieron muchas ganas de ir.
    Que chido que ahí si tocaron Paranoid Android, Karma Police, No Surprises… en fin, muchas del OK Computer. A mi solo me tocó escuchar Lucky (ja, que ironía).
    Anyway, muy bonita reseña 🙂

  3. María José July 5, 2008 at 8:24 pm

    AAAAAAYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  4. biz July 7, 2008 at 9:38 am

    Que increíble concierto. Verlos en su “natal”… que tocaran *tanto* y el setlist. ¡El setlist!!!
    Se me hace que fue de los mejores de la gira.

    A mi me han tocado algunos eventos así solapa, aunque generalmente termino haciendo cuates. Si tuvieras un Last.FM podrías haber contactado alguien con quien rockear el show 😛 Pero quien sabe, puede que los británicos sean fríos. Aunque por otro lado dices que había banda extranjera… En fin, estas experiencias son cabronas y tocan cuando tocan y como tocan. Pero si que TOCAN.

    En agosto finalmente se me hará ver a Radiohead en Canadá. No solito, voy con mi hermano -pero el no es fan.. jajaj- que emoción la mia, talvez me vea llorar.

  5. Jorge December 4, 2008 at 8:35 pm

    Que envidia que te tocó escuchar Idioteque y Karma Police, dos de mis canciones favoritas. Yo los fui a ver en San Diego y a pesar de que no tocaron esas dos canciones me encantó el concierto. Los he visto 3 veces con esta y creo que este es el que más me ha gustado.

    Esta vez me tocó verlos en piso (siempre compro boletos de piso) por un lado por lo que no alcancé a disfrutar bien de las luces que tenían. Más tarde cuando vi el webcast del show de Santa Monica me di cuenta de todo lo que hacían con las luces, cuando durante el concierto sólo veía que prendían y apagaban jeje. Aún así disfruté de la música inmensamente.

    Saludos

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